El arte contemporáneo ha perdido a una de sus luces más brillantes, pero su cosmos visual queda encendido para siempre. A los 97 años, Yayoi Kusama se ha despedido del mundo terrenal, cerrando el capítulo físico de una vida dedicada por completo a transformar la obsesión, la fragilidad y el dolor en pura belleza inmersiva.
Los polka dots: su ADN

Su historia es la de un romance incondicional con la repetición. Desde sus inicios en el Nueva York de finales de los cincuenta —donde se abrió paso entre la escena del expresionismo abstracto y el pop art—, Kusama encontró en los lunares (polka dots) y las tramas infinitas un lenguaje para canalizar sus propias vivencias y alucinaciones infantiles. De esa necesidad de autodisolución nacieron sus célebres Infinity Net Paintings y, posteriormente, una de las experiencias instalativas más fotografiadas y deseadas del siglo XXI: las Infinity Mirror Rooms, cuartos espejados que distorsionan los límites de la física para proyectar el cosmos en un instante.
Su colaboración con Louis Vuitton

Pero su legado no se detiene en las salas de exhibición. Famosa por sus esculturas a gran escala —como las icónicas calabazas amarillas salpicadas de puntos—, Kusama demostró que la vanguardia artística podía dialogar sin prejuicios con el diseño y la moda. Sus colaboraciones de culto con firmas como Louis Vuitton redefinieron la forma en que el arte dialoga con el consumo de lujo, vistiendo escaparates y colecciones enteras con su inconfundible firma visual.
Hoy, la reina del arte inmersivo demuestra que la obsesión, cuando se transforma en disciplina y visión, tiene el poder de volver eterno cualquier lienzo. Un viaje sensorial donde cada lunar es una estrella en su propio cielo infinito.



