¡Feliz cumpleaños Caracas! La historia de Manuel Cabré, el hombre que la convirtió en su musa

Reciente

El Autofest vuelve repotenciado en su edición 14

Los días 24, 25 y 26 de abril será...

Elena Rose regresa a su país con una visita llena de emoción, legado y música

La artista nominada al Latin GRAMMY® visitó su antiguo...

Beret: «Es un placer cantar por primera vez en Venezuela»

El cantautor de Sevilla, Beret, cantará el 24 de...

Zona Tech y Bancamiga lanzan «Zona Pay»

Es una alianza que impulsa el acceso a la...

Carolina Herrera presenta «La Bomba», su nueva fragancia

Desde que Carolina Herrera irrumpió en la escena neoyorquina...

Fey causó un «Subidón» en Venezuela después de casi tres décadas de espera

La energía inagotable de Fey conquistó a Caracas, en...

Chyno y Nacho unen al país y al talento en «Radio Venezuela»

El dúo venezolano regresa con un disco de 19...

Diesel abre nueva tienda en el Sambil Chacao

El panorama de la moda en Venezuela continúa evolucionando...

Toda pintura del Ávila que se ha hecho, tiene un referente histórico importantísimo: Manuel Cabré. El reconocido pintor de nuestra montaña, tiene una historia llena de altibajos que hoy recordaremos en honor a su musa más grande: Caracas. Transformando su nombre en sinónimo de montaña, Cabré se ganó el corazón de todos los amantes del arte venezolano.

¿Cómo llegó Cabré a Caracas?

Vista del Ávila por Manuel Cabré.

Contrario a lo que se podría asumir, Cabré no nació en Caracas. Fue Barcelona la ciudad que lo vio nacer. Llegó a Venezuela en 1896, con solo 6 años, de la mano de su padre el famoso escultor español Ángel Cabré i Magriñá, quien había sido llamado en una orden especial del presidente Joaquín Crespo.

Sus inicios no fueron sencillos, si bien su padre tenía trabajo seguro con las obras que quería Crespo, parecía no ser suficiente para la familia. Manuel comenzó a estudiar con un profesor de su cuadra, pero al poco tiempo se vio obligado a abandonar por no tener suficiente dinero para costear sus estudios. Comenzó a trabajar en el mercado de San Jacinto (el más popular de la capital) y ahí pasó gran parte de su adolescencia.

Nadie se imaginaría que con una infancia tan humilde, se convertiría en un pintor tan reconocido. En 1904 se inscribe en la Academia de Bellas Artes y comenzó a destacarse inmediatamente (algunos dirán que lo llevaba en la sangre, gracias a su padre). En 1908 obtuvo su primer reconocimiento por una de sus pinturas.

¡Adiós al academicismo!

Los árboles de colores de Caracas desde la pluma de Cabré.

Las artes en Venezuela seguían un patrón muy cuidadoso: el academicismo. El movimiento de origen francés se trata del perfeccionamiento de las técnicas artísticas, en búsqueda de un resultado extremadamente realista y delicado. Cabré comenzó siguiendo los pasos de Antonio Herrera Toro, uno de los más grandes de la época, pero al poco tiempo se cansó y se unió a ‘los rebeldes’.

En 1909 hubo un movimiento revolucionario de las artes en el que un conjunto de estudiantes se le rebeló a la Academia de Bellas Artes en búsqueda de libertad creativa. Cabré desde ese momento abandonó la institución y trabajó de forma independiente.

Cuando los ‘rebeldes’ se organizaron, crearon el Círculo de Bellas Artes, una institución libre en la que se unían diferentes creativos para debatir el rumbo del arte. Manuel se unió y le fue extraordinariamente bien. En la primera exposición, Rómulo Gallegos, uno de los más respetados intelectuales de la época, escribió en El Universal una reseña muy favorecedora de su trabajo y eso lo impulsó a exponer individualmente.  

Latitudes lejanas lo enseñaron a amar Caracas

Fotografía del maestro Manuel Cabré.

En 1920 hizo su primera exposición individual y fue tan provechosa, que con todo lo recaudado se marchó a París a estudiar en la Academia de La Grande Chaumiére, que enseñaba arte sin las limitaciones del academicismo, sino un aprendizaje enfocado en la búsqueda de un estilo propio.

Estando en Francia, aprendiendo de grandes de la época como Martha Stettler, recibía fotografías de paisajes caraqueños y los pintaba como encargos para amigos y familiares. Desde ese momento, se enamoró de la montaña y se convirtió en su musa. Una década después, regresó a buscarla.

En 1931 se muda definitivamente a Caracas tras la muerte de su amada Germaine, una joven francesa que había sido su compañera. Realizó varias exposiciones individuales y conjuntas, en las que siempre recibió críticas muy favorecedoras. Sus paisajes de Caracas comenzaron a volverse su marca personal y desde esa época, se le conoce como ‘el pintor del Ávila’.

Fue presidente de la Academia de Bellas Artes (lugar donde estudió por primera vez) por una década, después, recibió el Premio Nacional de Pintura, el galardón más importante de las artes plásticas en nuestro país y murió a los 94 años transformando su nombre siempre en sinónimo de Ávila.

spot_img

Compartir

Relacionadas